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miércoles, 6 de enero de 2010

Ezeiza y el catálogo de monedas (cuento-narración)

Para empezar el año y tener algo para leer, las Monedas Parlanchinas ponen en circulación un cuento corto de uno de sus amigos coleccionistas. La historia, ése es otro cuento. ¡Feliz año!


Para poder contar cómo fue que terminé estando en aquel episodio de la historia contemporánea, tendría que empezar por el principio. Desde pequeño coleccioné monedas. Vivía en un barrio de las afueras de la ciudad y me gustaba coleccionar algo material. Ya a los 8 años empecé con aquello y para los 12 tenía una lata llena de monedas viejas. No muy viejas. Monedas de unos 20 ó 30 años de antigüedad, pedazos de la historia reciente, repleta de cambios gubernamentales de monedas y denominaciones para quitarle o ponerle ceros a las cuentas del país. “Juntar monedas viejas y cajas de cigarrillos no es caro, hijo; mirá, acá tenés unas para que empieces”, me dijo un día mi padre que, pobre él, no le alcanzaba ni para el asado con cuero tan famoso por esos días.

La inflación, algo que no entendía y no entiendo hoy por hoy, me llevó a comprar un libro, un catálogo de monedas. Era el año del retorno peronista, del vote y vuelve, y el de los medicamentos del mismo laboratorio pero que venían con nombres diferentes cada dos o tres meses. Primero fue FRECILINA, después FREJUPO, después FREJULI. En fin, si bien ya tenía un par de décadas en mi haber y una colección de monedas interesante, no tenía un catálogo que se precie para un coleccionista, es decir, una persona como yo. Así, me mandé para el lado de Lavallol, en el suroeste bonaerense.

Salí de mi casa en la Paternal y me tomé un colectivo. Bueno, traté de tomarme un colectivo para ir a tomar el tren de la línea Roca hasta Lavallol, y me acuerdo que traté porque aunque quise no pude. Había una soledad inmensa en la avenida y ni la panadería de la esquina estaba abierta. ¿Un colectivo? ¡Estás loco! ¿Qué pasaba y yo ni enterado? Que vuelve el General en el avión negro y que por eso ni una mosca en calle. Que mejor me tomara un taxi. Que sos un salame con queso. ¡¿Un catalogo de monedas; justo hoy?! De todo me decían, y yo ni la hora. Mucho tiempo después, en la doble A, me di cuenta que lo mío con las monedas era adicción… estaba ciego.

No estaba seguro si me iba a alcanzar para un taxi, así que después de haber escuchado eso de que volvía el General, por Juan Perón, el primer innombrable de la historia que ahora sí volvía para quedarse, regresé a mi casa. Cuando llegué, rápido porque mi morada quedaba a dos cuadras de la avenida, no había nadie. Fui directamente al jarrón donde mi estimada madre guardaba los vueltos del almacén y, cual adicto a lo que sea, en mi caso la numismática, agarré todo lo que había. Con ese dinero me tomé el susodicho taxi para ir a Lavallol a por mi preciado catálogo con información numismática.

Cuando me tomé el taxi llovía como la gran siete. “Viste pibe”, me dijo el taxista cuando me subí, “un día peronista, así que digamos, no es”. El tipo se reía y yo no entendía qué me decía con eso. “Un día peronista: un día de sol, como para ir a la plaza a meter las patas en la fuente”, me aclaró. Seguía sin entender, o querer entender lo que me quería significar con eso, pero igual esbocé la sonrisa obligada por la pauta social. Pero este taxista era un típico bonachón que estaba pisando la raya de los sesenta años y mostraba que, aunque la escuela no la había terminado, la frase de que no hay escuela que enseñe a vivir era verdad. El tipo era una buena persona y disfrutaba del taxi e inclusive de los clientes mustios como yo.

Llegando a la General Paz, el taxista, como queriendo romper el silencio que había en el coche, me pregunta que qué iba a hacer a Lavallol. Miré por el espejo y sus ojos curiosos y conversadores estaban sobre mí; “a comprar un catálogo de monedas”, le respondí seco. “¡Ah, monedas!”, me dijo excitado. Resulta que al taxista también le gustaban las monedas y el significado histórico que éstas tienen. Tengo que decir que si bien me dio gusto que al taxista le interesase el coleccionismo de monedas antiguas como a mí, la verdad me importó poco. Yo nada más pensaba en que el dinero me alcanzase para dar saldo a mi nueva adquisición.

En eso, el taxista insistió con arrancar la charla y me dijo señalando a una casa por la que íbamos pasando: “ahí, pibe, viven unos gitanos que tienen monedas a rolete; no sabés qué hijo de puta que es el gitano”. Me contó que al gitano en realidad le decían Turco y que no querían mostrar su colección de monedas porque de su casa no sacaba nada, no fuese a resultar que algún malentendido quisiese sacar también a su hermana menor. “Este gitano es un personaje”, me dijo, y siguió contando que una vez un par de “gitanitas”, como él les decía, se subieron al taxi y que las llevó hasta General Rodríguez. “Y, viste, las pibas laburan de eso; entonces paramos al costado de la ruta y, ahí donde estás vos, me hicieron un trabajito que ni te cuento”, dijo el taxista mientras no paraba de reírse de su memoria.

El viaje seguía y yo, que prestaba y no prestaba atención a lo que este sabio de los cien barrios porteños me contaba, quería llegar a Lavallol. Pero cuando llegamos a la intersección de General Paz y la autopista Richieri nos topamos con la realidad del día: los colectivos escolares alquilados por los sindicatos habían bloqueado los accesos. “¡La puta que los re mil parió!”, esa fue la única frase que atiné a decir en casi todo lo que iba del viaje. Y bueno, la cosa era así. Según me dijo el taxista y yo no sabía, la autopista Richieri estaba cortada porque todos los peronistas, “un par de millones, pibe”, se estaban movilizando para ir a recibir al puto del General Perón que llegaba a Ezeiza. ¿Puto? “Sí, puto”, reafirmó el taxista que cada vez me caía mejor.

“¿No ves el quilombo que estos negros de mierda están armando porque el culo roto del lider vuelve?”, me dijo enojado por el tráfico el taxista. No queriendo abundar pero abundando sobre el asunto del tráfico, que a mí en lo particular me interesaba porque era el obstáculo entre el catálogo de monedas y yo, este buen hombre de sesenta y pico de años me dijo que cuando fue aquel 17 de octubre de 1945, él ya estaba arriba del taxi girando y que, al igual que ahora, los negros cabezas no lo dejaban trabajar en paz. “Que se pongan a laburar”, le dije como para quedar bien. No sé por qué quise quedar bien, pero al taxista le gustó el gesto y arremetió por el costado del camino, tocando bocina y puteando por la ventanilla a los que caminaban por la Richieri.

Ahí agarré confianza y le pregunté que por qué la gente quería ir hasta el lugar donde supuestamente Perón iba a hablar, si no iban a ver nada. “Y es que”, me aclaró con una entelequia de barrio ejemplar, “estos boludos no vienen a ver, vienen a ser”. A ver, frená un poquito la moto, pensé. “¿Cómo que vienen a ser?”, le pregunté. Para el taxista esta gente venía a ser parte de la historia, a tomar parte, porque si todos estos salamines no venían, la historia de Ezeiza y el regreso del viejo, no iba a poder ser escrita con titulares mayúsculos. No lo entendí, pero por cómo hablaba seguro que algo de razón tenía este típico taxista porteño.

Llegamos y compré mi preciado catálogo. Volvimos escuchando la radio que narraba el despelote que se estaba armando a los tiros en Ezeiza. Resulta que, para cuando llegué a mi casa con mi nueva adquisición, como cuatro horas después de haber salido, no había nadie. Buscando un cigarrillo para regalarle al taxista que me esperaba afuera, ya que el tipo fumaba y yo no tenía lo suficiente como para pagarle por todo el viaje a Lavallol ida y vuelta, encontré un papelito con una nota de mi papá. “Fuimos a Ezeiza con los del sindicato. Volvemos en un par de horas. Besos: papá y mamá”, decía la nota. Salí sin entender para darle al taxista el cigarrillo de propina y, justo ahí, entendí: en Ezeiza se estaban cagando a tiros entre los peronistas de verdad y los otros peronistas de verdad, nada más para ver quién de los dos grupos llegaba a estar más cerca del escenario donde iba a hablar el puto, como me explicó el taxista, del General Juan Carlos, digo, Domingo, Perón. Entre esa multitud estaban mis padres de quienes no supe nada más.

Después, tiempo después, el catálogo lo usé para vender a buen precio mis monedas viejas y sacarle algo de jugo a ese solitario y mal trago.




viernes, 18 de diciembre de 2009

Monedas testigos de ayer, hoy y siempre: La protesta del 2009



Mientras una cabeza se destapaba para, como lo hacen los mexicanos adeptos al estilo político del PRI, proclamarse como precandidato presidencial, el acampe que hacían los muchachos de los Barrios de Pie daba por concluido. “Parece que la táctica no condijo lo suficiente con la estrategia”, dijo alguien de un medio frente a la cámara de uno de los tantos canales televisivos de noticias.

Con casi 48 horas de protesta pacífica para pedir unos subsidios del Estado, tal cual lo atestiguaron unas monedas que coexistieron con los luchadores sociales, el método de protesta fracasó. Un hecho verídico, la protesta no resultó porque el gobierno no contestó y los protestantes se cansaron de protestar. A ver, ampliemos un poquito lo acontecido en aquella ocasión.

Ante la profunda crisis alimenticia de uno de los países productores de alimentos más importantes del mundo, la paradoja no se quedó allí y supo escalar a niveles de hambruna impensados por los Padres Fundadores de la patria. Tal cual, las clases populares y humildes, es decir, los pobres, prietos y jodidos, no eran tomados en cuenta por los gobernantes y demás estamentos de la sociedad. Por eso, como en esa tarde el acampe fracasado, los pobres organizados se juntaron para salir de excursión y hacerse sentir en la calle.

Eligieron cortar la avenida en la que se encuentra el ministerio de desarrollo social, aquel que Evita tanto alabara, de manera tal que la cosa quedase clara y que nadie pudiese hacerse el sota ante tal situación de crisis e indigencia social. Así fue: la gente que pasaba, o trataba, por la avenida para ir a trabajar no paraba de putear; los linyeras que normalmente moran en esas calles se sentían invadidos; los empleados burócratas del ministerio no pudieron llegar a sus lugares de trabajo; la ministra, la hermana del presidente, tampoco llegó, pero ella no llegó porque estaba en un Spá de la patagónica zona del continente americano; los taxistas no pudieron hacer lo suyo como de costumbre; las estaciones de subterráneo que pasan por ahí no abrieron; etcétera, etcétera.

Así, la protesta de los muchachos de los barrios de a pie armó un total y completo quilombo. Todos los canales de televisión y todos los móviles de las radios estaban ahí, transmitiendo en vivo los acontecimientos y cómo la gente del gobierno no le prestaba ninguna atención a los pobres desahuciados de esta organización. Justamente, el asunto giraba en la discriminación (¿cómo no?) del gobierno. La cosa era que la administración CK(ga) le daba planes sociales, o mejor dicho, cajas de comida enlatada, a los que estaban afiliados al partido oficial, que votaban siempre al que tenían que votar y que se subían a un micro escolar sin chistar; a los demás no le daba ni la hora. Si bien muchos no entendían este caso de discriminación asistencial, entre los desconcertados la mayoría de los transeúntes y periodistas presentes, la cuestión no era tan complicada como para no racionalizarla; según la administración en cuestión, como los que estaban protestando por un pedazo de pan en frente del ministerio eran rebeldes a los caciques designados por el presidente y gobernador, grupos como estos no merecían nada, ni siquiera un cacho de pan dulce y una sidra para navidad.

Pero los muchachos y muchachas de los barrios de a pie, esta vez, no pensaban en blanco o con una raya de ese color en la cabeza. Esta vez, la táctica estaba buena.

“Vamo’ a hacer una huelga de hambre, vamo’ a hacer”, dijo uno de los muertos de hambre de la organización.

Así nomás, sin más, además de que tampoco tenían mucho tiempo para disponer en la logística de la protesta, de camino al ministerio otro de los flacos que componían la vanguardia de la organización, como no queriendo la cosa y para romper el silencio, propuso la mejor idea que nunca alguien haya tenido en mente: una huelga de hambre pero al revés.

“¿Cómo al revés?”, preguntó otro de los muchachos, uno de los que menos dientes tenía en la organización.

“Y sí, al revé’”, dijo el de la idea. “En vez de hacer una huelga y no comer como protesta, mejor hacemo’ una protesta en la que comámo’. ¿Viste que nunca comemo nosotro’? Bueno, ahora, en modo de protesta hacia este gobierno visco y asesino: ¡vamo’ a tragar, vamo’!”, aclaró.

“Me parece excelente la idea, me parece”, dijo en seco una de las lideres más aguerridas de la organización villera.

Así llegaron a la puerta del ministerio, con una nueva metodología para armar una manifestación de protesta. El trasfondo de todo esto era, como no podía ser de otra manera, ganar notoriedad pública, molestar un poquito a la gente y que ésta se queje de que el gobierno no les resuelve el problema del tráfico porque no le quiere dar un pan dulce a los villeros. Media hora después, cuando las carpas y tiendas de campaña ya estaba armadas en el medio de la avenida, y los árboles y postes de luz estaban plagados con cuerdas que sostenían pasacalles con consignas políticas de protesta, llegó uno de los comandos especiales de la organización. Eran los cinco muchachos que fueron designados para ir a comprar el asado y las damajuanas de vino tinto. Hacer un asado en la calle y comer sin parar por tiempo indeterminado, ¡macana de variedad de protesta vanguardista!

48 horas después, ya cansados, mareados e indigestados de comer y beber tanto, justamente como lo notaron las monedas testigos, la táctica del grupo piquetero rebelde erró. Además de que no consiguieron llamar la atención de una manera seria, como la modalidad escogida no tomó en cuenta que la totalidad de los manifestantes eran personas que no acostumbraban a comer, es decir, que era gente desnutrida con problema de digestión, comer sin parar no funcionó y se tuvo que abortar la misión. De otra manera, de permanecer en ese camping comiendo y eructando, la organización de los barrios villeros de a pie se hubiese quedado sin adeptos, vanguardia o personal alguno.

Así, el gobierno no hizo nada y los muchachos de los barrios de a pie tuvieron que volver a los suburbios sin nada de nada, salvo la risa de algún que otro televidente pernoctado que no dejó de mirar el asado-fiesta popular en vivo y en directo al ritmo de la Mona Jimenez. Al final, como alguno lo comentó, "la táctica no tuvo nada que ver con la estrategia". ¡¿Que qué?!


jueves, 17 de diciembre de 2009

¿Cómo canta la historia? (en un cuento corto de ficción)



A cada rato que pasaba por ahí, como no queriendo dejarse notar, se acercaba a la vitrina para mirar esa moneda tan especial. El dueño del negocio de numismática sabía que no la iba a comprar, sabía que como todas las tardes nubladas este transeúnte solamente quería mirar la vitrina y nada más. Solamente se lo veía absorto con ese pedazo de plata que en 1798 valía 8 Reales; una moneda de la Nueva España, el Virreinato que el imperio español de los borbones tenían en América del Norte.
El dueño del negocio de monedas antiguas sabía que esa moneda de Carlos IV había vivenciado muchos eventos de la historia, pero no sabía que Carlos IV y este transeúnte que nunca compraba nada mantenían un affair.
A ver. En el reverso de la moneda, las letras “F” y “M” levantaban una historia que el transeúnte hacía suya, ya que eran las letras que identificaban a los talladores de las monedas, es decir, quienes hicieron los diseños y los moldes. La letra “F”, la que este muchacho entusiasta de la numismática miraba con fijación, era la letra del tallador Francisco Arce Cobos, quien era su tátara-tátara-abuelo.
Nadie, y mucho menos el dueño del negocio, sabía de este dato. Pero ese es otro cuento. La fascinación venía porque, así como un perro o cualquier mascota puede ser testigo especial de la historia de una familia, esta moneda había estado ahí cuando todo pasó y México nació. La moneda de Carlos IV había estado desde finales del siglo XVIII, cuando en la Nueva España los criollos como el tallador don Francisco no querían más ser atacados por los indios del valle de México. Por eso eran leales a la corona; además, de no ser por la corona y por el Rey, que cada vez que venía a México le encantaba probar el estilo de vida mexicano, los criollos hubiesen sido vencidos por los nativos que no querían ser gobernados por una casta que se decía superior en raza y cultura.
El transeúnte bis-bis-bis-bis-nieto de Arce Cobos (don Pancho para los cuates), sabía que esta moneda portaba, además de un diseño barroco, una especie de memoria pródiga sobre la vida y obra del país. De haber sido usada para comprar o pagar lo que sea, a pasar a ser parte del motín que los revolucionarios independentistas robaron de la hacienda de San Francisco en 1811, esta moneda antigua sabía demasiado sobre lo que no se escribió de la historia colonial. Sabía que, por ejemplo, si bien los ricos y blancos se escapaban de la ciudad para no ser parte de los enfrentamientos entre Realistas e Independentistas, también sabía que escapaban porque los revolucionarios necesitaban de sus riquezas para financiar su idea de ser parte de un país independiente y soberano.
Lo curioso era que, mientras el transeúnte miraba absorto la moneda de Carlos IV, el dueño del negocio no sabía por qué miraba tanto a la moneda; parecía que algo le estaba diciendo. Y sí, le contaba la historia que vio, mientras estuvo en fuga junto a su creador y tátara-tátara-tátara-abuelo del joven entusiasta del coleccionismo de monedas. Por ejemplo, le contaba sobre el contexto social de la Nueva España en los albores de la independencia:

“El pilar de cuando se empezó la economía colonial de Nueva España era la explotación de esclavos. Durante la segunda mitad del siglo XVIII la producción minera vivió una de sus mejores épocas. La producción de oro y plata (los dos metales más importantes para la minería novohispana) se triplicó en el período de 1740-1803 (Villoro, 1989: 594). Asociados a esta importante actividad, existía un complejo de ramos económicos que de una u otra manera se vieron beneficiados por el auge minero. Por ejemplo, los grupos de comerciantes que controlaban el tráfico entre la colonia y España; o bien, los dueños de las comarcas agrícolas que abastecían a los principales centros mineros o comerciales en todo el país (el valle de Puebla, asociado a la ciudad de México, o el Bajío, vinculado a las minas de Zacatecas y Guanajuato).
Sin embargo, con las Reformas borbónicas, puestas en marcha desde la metrópoli, se fueron desarrollando nuevas ramas económicas en Nueva España. Aunque en general, las reformas representaron un cierto aliento de cambio a los casi tres siglos de continuidad en el sistema colonial, el beneficio para los diversos grupos de la sociedad novohispana no fue igual. Las clases bajas no vieron grandes variaciones en su situación subordinada. Pero quienes vieron profundamente afectados sus intereses fueron las familias vinculadas con el comercio exterior. Por aquella época, el comercio entre Nueva España y la metrópoli se realizaba exclusivamente por medio del puerto de Veracruz. Esta es la razón de que los comerciantes de esa ciudad tuvieran tan grande influencia en la política y la economía de la colonia.
Pero con la declaratoria de libre comercio entre las colonias y la abolición del monopolio veracruzano, crecieron en poder y número las cámaras de comerciantes en otros puertos de Nueva España. Este fue uno de los factores que contribuyeron al auge minero de finales del siglo XVIII. Puesto que las familias de comerciantes habían visto amenazadas sus inversiones e intereses, trasladaron buena parte de su capital a la industria minera. Los espacios vacantes fueron ocupados en muchas ocasiones por los americanos. Los criollos de las colonias españolas ocupaban una posición inferior con respecto a los peninsulares (designados en el habla mexicana como gachupines) en la estructura de la sociedad virreinal. Sin embargo, no eran un grupo del todo despojado de importancia específica: por ejemplo, en Guanajuato las minas más importantes de la región se encontraban en manos de familias criollas. Por otro lado, la apertura derivada de las reformas borbónicas de finales del siglo XVIII, propició el crecimiento de una pequeña clase media de extracción americana. Así mismo, cabe destacar que dentro de los antecedentes del proceso de la independencia nacional, jugó un papel importante el desarrollo del nacionalismo criollo, que exaltó la riqueza cultural de los indígenas a fin de revalorar la tierra donde habían nacido y proyectarlo como un elemento de identidad”.°

Cosas así le cotaba la moneda al transeúnte. Parte de la historia que, como nadie nunca le preguntó, nunca contó. Pero fue la historia que esta moneda presenció: la historia que todavía continúa viviendo y, diría el dueño del local de numismática, "sufriendo, porque con clientes así mejor bajamos la persiana".



° Wikipedia, "Independencia de México".

sábado, 5 de diciembre de 2009

"Si me llama, dile que no estoy" - cuento corto

Sonaba el teléfono cada vez con más tino pero el que estaba sentado detrás del mostrador del ministerio decía: “dile que no estoy”. Así era siempre, “si me llama ese compadrito, dile que no estoy”. Resulta que ya nadie quería hablar con esta persona que llamaba siempre al ministerio a cualquier hora y en toda circunstancia, con todo y que nadie quería hablar con él.
Tiempo atrás había llegado a ser el personaje de la política local más solicitado por todos aquellos que querían hacer algún negocio. Era como un haz de espada, servía para todo y todos querían hablar de business con él. Pero los tiempos habían cambiado y la ciudad ya no era lo que solía ser. Ahora, ya que las cosas no marchaban del todo OK para el ex del poder, tenía que recurrir a todos aquellos que le debían favores y ver si en una de esas se dignaban a poner el pongo. Por eso llamaba todo el tiempo a este ministerio en particular, para ver si le pagaban de una vez por todas.
“No, dile que no estoy”, le dice el interventor a su secretaria. Rubia, de ojos celestes, nariz respingada, piernas largas, pechos abultados, es decir, elegancia por doquier y una voz melosa la de la secretaría. Esa era la persona que levantaba el tubo del teléfono del ministerio y repetía, “no, el señor no está”. Siempre era igual: “dile que no estoy” y “el señor no está”, así nomás.
¿Por qué no querían atender al ex del poder si tantos business había ayudado a armar? Justamente, porque este desparpajo de la escena pública local, con mirada bizca y traje arrugado incluido, por decirlo de una forma decorosa, la había cagado muchas veces y ya nadie quería tener nada que ver con él, ni siquiera una conversación telefónica. Mucho menos un café. Además, se trataba del ministerio encargado de la inteligencia y el espionaje local; ¿cómo lo iban a atender, justamente ahí, si era uno de los que estaba en la lista negra?
En una ocasión, una rareza de la eventualidad temporal del espacio, eso que la metafísica no puede terminar de conmensurar, la llamada al ministerio se hacía desde un “número de línea blanca”, es decir, de un número amigo. Quién sabe cómo, pero este desparpajo ex del poder, contacto de por medio, consiguió que le pagaran una favorcito, un favor pequeño, casi insignificante, y el muchacho encargado de pinchar números telefónicos de la Guía Amarilla le pagó lo que le debía –una noche de fulgor y alcohol con una morena pulposa del Ecuador.
Así, el llamado se hizo desde un número permitido, un número que se utilizaba por el ministerio de inteligencia para hacer llamadas internas sin ser rastreados por nadie. “Señor, lo llaman de la unidad de tareas”. “Está bien chocolatito blanco, pásemela”. Todo era normal, nada raro en una llamada más de los muchachos de tareas especiales.
“Diga”, dice el interventor que se disponía a escuchar. “Mira hijo de la canción, o me pagas y me dejas de perseguir o te va ir de la reverenda hamburguesa con queso”, dijo la voz en el teléfono que para nada sonaba a uno de los muchachos de tareas especiales. “Ah, eres tú; mira, voy a hacer que no te escuché y que no me llamaste de un número seguro, voy a hacer todo esto, cabrón, porque qué flojera molestarme contigo, pedazo de puñal amarrado”, dijo firme el interventor, quien hablaba por primera vez con el ex del poder después de mucho tiempo.
El interventor colgó el teléfono y dejó mudo al ex del poder. Resulta que el ex no era muy calmo que digamos, no podía mantener la compostura y pensar detenidamente qué favores cobrar y cuáles dejar pasar. Por eso, con esas llamadas y todos los “dile que no estoy”, en lugar de entender las entrelíneas, insistió y perdió. Ahora el que debía un favor era el ex del poder, que según lo que el interventor le dijo, él le debía el favor de no mandarlo a matar al interventor y no todo al revés. Ahora que el ex no era nadie salvo un molesto, todos sus favores a la inteligencia no valían ni un peso partido al medio. O sea, en lugar de cobrar sus favores, el ex tuvo que dejar de cobrarlos porque si no el que la iba a cobrar era él. Es decir, ahora él debía el favor de que no lo maten; moraleja: no somos nada.
¿Se entiende lo que las monedas usadas para hablar por teléfono público sacaron de conclusión de esta situación tantas veces repetida en la historia universal del ajedrez?

sábado, 25 de julio de 2009

La tortura de un argentino y sus monedas argentinas en Inglaterra: Dulce de leche chileno

Un pobre hombre luchador del sindicato de la birome tuvo que dejar su país antes de lo pensado. Las razones nunca se supieron, pero puede que el haber editado unos libros del Che Guevara haya tenido algo que ver con su exilio. Sin embargo, ni él ni sus amigos llegaron a saber la verdad de la cuestión.
Así se fue. Sin tiempo para levantar las cosas que se hubiese querido llevar de tener más tiempo para preparar su viaje; este pobre hombre juntó en quince minutos lo que otras personas que viajan por placer acomodan en tres días y medio. En esa situación de vida o muerte, hostigado por un régimen militar perseguidor de personas de pelo largo, el editor de los cuadernos del Che tuvo que irse con apenas lo puesto, un bolso diminuto al hombro, un cepillo de dientes y un desodorante.
En ese bolso que bien algún hippie pudo haber usado en la primera edición del BA Rock, este desgastado hombre partió al destierro, a un país que por ser el de sus antepasados encontró fácil y natural de ir. Se trataba de Inglaterra, país que como se sabe mantiene desde fechas lejanas un enclave colonial en el Atlántico Sur. Así, lo que se pudo llevar este hombre fueron pocas cosas, entre ellas, unas monedas que por entonces él usaba todos los días para tomar el subte.
El viaje fue largo, pero no tanto como el de sus bisabuelos que viajaron en barco de vapor. Una vez en Inglaterra, en Leeds, de donde eran sus familiares lejanos, este hombre tuvo que someterse a la distancia y a la tortura de abandonar su país por cuestiones que sólo se saben en el cuarto oscuro de aquellos que planean un golpe de estado totalitario y despiadado. Quizá, en una de esas, la peor tortura que supone el exilio forzado (claro, si no cómo sería exilio), sin dudas, puede ser sabido por el paladar, la parte de la boca con capacidad para gustar de las diferentes variedades de la cocina internacional o de mamá.
En esa oportunidad, el exiliado en Leeds llegó a sentir la desahuciada humanidad en su fuero íntimo: sin dulce de leche, sin tostadas con manteca y dulce de leche, sin leche chocolateada, sin alfajores y sin facturas, del lado de los dulces; sin asado, pizza, ravioles, ñoquis, tarta de jamón y queso, milanezas a la napolitana, empanadas fritas y al horno, y bife a la plancha con fritas, por el lado de los salados. Es decir, si bien la oportunidad de contar con sangre anglo permitió que esta persona exiliada mantenga su vida sin conocer la tortura de la picana, la falta de variedad alimenticia de los ingleses, o lo desabrido de sus variedades, hizo estragos para la vida del exiliado recién llegado menos conocido de las islas británicas.
Pero como no queriendo la cosa, el destino le jugó una pasada intrépida en un mercado a este personaje desterrado. Un fin de semana, caminando en una de las calles comerciales, a pocos días de haber llegado desde Argentina, decidió ponerse el mismo saco con que partió de Buenos Aires y salir a comprar algunos víveres. Así fue que para su pasmada satisfacción, típica de un sindicalista de la birome en épocas de las 62 Organizaciones, encontró unas monedas argentinas en el bolsillo izquierdo de su saco. “Del lado izquierdo, del lado que late el corazón”, pensó para sí, con una sonrisa en sus labios, esta pobre persona recién asilada en Leeds.
Jugueteando con las monedas en su mano, y pensando en lo distintas que las monedas argentinas eran a las monedas inglesas, amén de las diferencias de valor entre los pesos argentinos ley y las libras esterlinas, encaró la puerta del mercado local. Tal cual las monedas argentinas pudieron constatar, el amigo del sindicalismo de la birome argentina no traía una cara muy entusiasta con lo que veía en los anaqueles. Y sí, más allá de la tristeza por el exilio, las góndolas del mercado inglés no estaban muy surtidas.
“Pero de repente, milagro”, como lo describió una de las monedas testigos de aquel atardecer inglés: ¡una latita de dulce de leche posando solitariamente en la góndola de ofertas importadas! “Fue como un oasis en el medio del desierto”, recuerda la moneda también exiliada por razones desconocidas. Fue increíble, la lata de dulce de leche en el destierro fue como plantar bandera con la dignidad que un exiliado a veces no puede darse el gusto de mostrar. Todo un evento patriota para este exiliado que, además, plantaba bandera argenta en tierra Gurka.
Dulce de leche, la esencia de la Argentina profunda, porteña, inmigrante, criolla, gringa de la pampa, gaucha y demás: “el elixir de los dioses que para nada tienen que ver con argentinos como Videla y compañía”, pensó el amigo con añoranzas de gourmet bien argentinas.
Con la emoción que no había podido sentir cuando Argentina salió campeón del mundo meses atrás, porque andaba de prófugo, el pobre exilado argentino tomó la lata de dulce de leche y fue a pagar. De camino a la caja, su pecho se inflaba cual globo de Parque Patricios ganándole a San Lorenzo por goleada. Pero de repente, en la fila, la bandera de argentinidad al palo que había plantado unos minutos atrás en el mercado de Leeds se cayó, se quemó, se borró. El dulce de leche no era argentino; la lata decía made in Chile by Nestle.
El Plan Cóndor había tomado una pequeña victoria en contra de los pobres exiliados como este amigo argentino sindicalista de la birome. “La tortura cerebral o mental por la falta de un dulce de leche de verdad fue tremenda”, resumiría después la moneda argentina que vivió todo ese destierro sufrido y no querido. ¿Cómo que el dulce de leche se hace en Chile? La respuesta que dio la lata que arriba de dulce de leche decía La Lechera, fue una de las formas de tortura más penosa, rara y argentina de todas: la de no poder plantar la bandera de la argentidad, con dulce de leche, tango, asado y todo lo demás, cualesquiera el lugar del mundo en el que un argentino se encuentre.

martes, 2 de diciembre de 2008

Monedas contrafácticas presentan: un cuento corto de historia


Qué hubiese pasado en Puebla si…

¿Cómo? ¿Cuándo? ¡¿Por qué?!
Quizá estas tres expresiones son las más escuchadas a la hora de la intriga, la duda o el café italiano con curiosidad expresa doble entre amigas angelopolitanas. Sin distingos entre sucesos díscolos y eventos pomposos de ningún tipo, dichos vocablos del idioma castellano a veces traen un kilo de tortillas de maíz criollo bajo el brazo o, hablando en términos más convencionales, una leyenda contrafactual con una incógnita perpetua y un chisme que comienza con la frase: “qué hubiese pasado si…”. Y sí, por qué negarlo, esas historias de dudosa procedencia que plantean un inexplicable universo alterno, ultimadamente, son parte del inconsciente colectivo, de las charlas en cantinas, de la lengua popular que para hablar necesita tomar y de las divergencias que existen entre este tipo de cháchara supuestamente histórica con la llamada versión oficial de la historia.
Entre cantinas y chismes apócrifos que sobrevivieron por aquello del beneficio de la duda, una anécdota de las fantásticas dijo presente cuando pasaban lista de las historias contrafácticas de la ciudad de Puebla. Esa historia que levantó la mano para no estar ausente es la del secuestro o presunto secuestro, “todo depende”, dijo la moneda regional poblana que me la contó, del señor William Oscar Jenkins. Allá por el año de 1919, en el llamado período revolucionario de la revolución zapatista en el centro y sur del país, a sólo cuatro años de que el gobierno provicional del maderista y después carranzista Francisco Coss (un general que más bien encabezaba una especie de gobierno constitucionalista en las zonas zapatistas recientemente ocupadas, es decir, las tierras colindantes de Tlaxcala, Puebla y Morelos) mandara a acuñar esta serie de monedas de cobre, se vino a presentar en Puebla una historia fuera de serie. Un suceso de escalas internacionales, con todo y lo paradójico que eso significaba para una nación que estaba todavía en veremos.
Cuando en Puebla todavía había un casino, calles de tierra y algunas adoquinadas, uno que otro zapatista y bandoleros por doquier, apareció el chisme vestido de información. Así es, a la par de aquel afamado período de la revolución en la que se acuñaban monedas regionales a falta de moneda nacional suficiente, el secuestro del millonario empresario estadounidense vino a ser como una historia ideal para conversaciones no sobre lo que pasó, sino sobre lo que hubiese pasado si la historia en Puebla hubiese sido otra. Conjeturas, si se puede decir así, que tanto beodos como monedas y numismáticos pueden compartir sobre la historia que pasó en aquella cantina del centro de Puebla, la misma noche que una banda de maleantes, según dijeron los titulares de los periódicos al día siguiente, secuestraran a Jenkins.
Y como estamos hablando de una historia representativa de las cantinas, no es la historia del extranjero que se dio el lujo de hacer realidad dos de los mitos más preciados del mercado (a saber: el del “self-made man” y el de que “nadie es profeta en su tierra”), la que más comúnmente se puede escuchar en ese tipo de establecimiento y en la boca de sus asiduos. No, no es la famosa historia del hombre que en 1902 contrajo nupcias con su novia Mary Street, luego llegó desde el sur profundo de los Estados Unidos hasta el centro de México sin un peso partido al medio, y para 1910 ya era uno de los empresarios textileros más ricos de todo el porfiriato, la que puede interesar por estos lares. Tampoco atañe la de Woolworth, el amigo inglés de Jenkins. Negativo: ninguna historia de esas puede conmover o aportarle lucidez a una charla entablada en una mesa desvelada.
Aunque la historia romántica de una mujer guapa y rubia como Mary Street Jenkins puede ser recreativa, el tipo de cuento que realmente le llama la atención a un transeúnte típico de una cantina, un bar o una licorería poblana, es una historia como la de Marcelino y el Licenciado Mestre, velador de la casona de los Jenkins y abogado de la familia, respectivamente.
La desventurada leyenda que relaciona a Marcelino con el licenciado Mestre y el secuestro de William Jenkins se remonta a octubre de 1919. Durante aquel maravilloso año las cosas en Puebla parecían normalizarse, después de una década bulliciosa llena de tejes político-militares y manejes de una dizque revolución que, en realidad, parecía un gatopardo más grande que el rancho La Magdalena. Sea como fuese, la cuestión de fondo era que la sociedad poblana estaba dividida y no precisamente por genética, cultura, dinero o ideología, sino que por un asunto más allá de todo lo conocido en la faz de la tierra poblana y mexicana de aquellos tiempos: la sucesión presidencial de 1920. De esto estaban prendidos todos, en especial la clientela de la licorería el Gallo de Oro, cita en la calle 5 Oriente al 605, en donde entre copas y copitas de pasita nadie se perdía un chisme referente al dedo índice derecho de Venustiano Carranza. Era como una casa de apuestas o, hablando en criollo, un palenque.
Por entonces, cuando no pasó lo que hubiese pasado, en las diez cuadras a la redonda que formaban la ciudad de Puebla no era muy común encontrar un habitué del Casino Español que ingresara a un reducto como la cantina Gallo de Oro. Quizá, en una de esas, la única excepción a tal regla podía provenir de personas como Marcelino y el Licenciado Eduardo Mestre, “Edu” para sus amigos. Personas hechas para conocer lugares que desde sus inicios se perfilaban para ser lo que hoy se conoce como botaneros culturales.
El primero era un hombre como cualquier otro de la clase trabajadora agremiada al dizque sindicato del personal de seguridad privada, gente muy requerida por los poblanos de la alta sociedad que necesitaban a un “poli” en la puerta de su casa, porque los bandoleros zapatistas estaban rudos. El otro era un abogado proveniente de Tabasco que, aunque ni sus facultades físicas ni mentales lo hacían un arquetipo de la alcurnia poblana, estaba casado con la hija del por-siempre-gobernador del estado durante el porfiriato, Mucio Martínez, por lo que digamos mal parado no estaba.
¿Cómo se encontraron? Pregunta tan poderosas para la física y la teoría del átomo no puede responderse sólo por asares del licor de pasita, el queso panela y las pasas de uva a granel. Pero, parece, según esta moneda poblana de 1915 que hace las de máquina del tiempo, la entelequia respondió.
–Me cae que si me tomo otra pasita ya no llego al trabajo, balbuceó Marcelino, el cuerpo de seguridad privada número cero a la izquierda.
Como cualquier hijo de buen vecino, Marcelino podía prescindir de muchas cosas pero no del gusto de pasar los días de la manera más amena posible. Por eso, todos los mediodías antes de entrar al trabajo para estar sentado y cabeceando por veinte horas en el sombrío portón de la casa de los Jenkins, se lo podía encontrar en el Gallo de Oro, el antro de un viejo amigo suyo, Emilio Contreras, que hacía un licor de pasita exquisito.
–Otra que el ponche de los güeros, se carcajearon por ahí cuando Marcelino dijo lo anterior. Nadie lo quiso creer nunca, pero justo cuando estos otros dos camaradas dijeron “güeros”, cayó un camaleón moreno. Resulta que el licenciado Eduardo Mestre buscaba a Marcelino, el “poli” de “don Guillo”, como le decía “Edu” a Jenkins y al velador de la casa.
–¡Marcelino!, te mandan a llamar urgente, parece que secuestraron al señor Jenkins: ¡y tú no estabas ahí cabrón! Con una mirada díscola y si hubiesen voces saborizadas con una voz pasada de uva seca, Marcelino trató de exculpar su retraso al trabajo.
–No ya se... y con eso qué, balbuceó Marcelino antes de caerse de la periquera directo al piso.
Dicho sea de paso, el evento fue muy paradójico porque más allá de que habían secuestrado al jefe de ambos y que eso tenía enormes repercusiones individuales, nacionales e internacionales, es decir, repercusiones de todo tipo, el asunto allí era otro: que una persona licenciada, por más fea que fuera, no entraba así como así a una cantina de no licenciados y encima traía un dato de tal semblanza bajo la manga. Es decir, Edu estaba un poco fuera de foco cuando Marcelino juntó los ojos para darse cuenta que efectivamente no había llegado a trabajar y que, en una de esas, el Chato y el Gordo Jacinto al final sí hablaban en serio las otras noches que pedían pasitas como para tumbar un regimiento entero del ejercito carranzista. Además, la cuestión ahí también era que quién se creía el licenciado éste, empleado de otro extranjero más de la elite, como para traer el cuento tal vez más caliente de la eternidad. Ni hablar de que con eso el licenciado Mestre le estaba denegando bruta primicia a un cliente fiel y amigo del Gallo de Oro como, por ejemplo, Marcelino el sereno.
Lo que sucedió ese atardecer de octubre de 1919, entonces, fue todo un suceso de la joven historia poblana. Porque con el secuestro del empresario estadounidense, por el descuido inducido por la manía que Marcelino tenía de ir al Gallo de Oro a tomarse quizá 100 de esas que vendía su cuate don Emilio y así ver si le salía gratis el vermouth, Puebla entera estaba frente a un embarazoso evento para la sucesión presidencial. Peor aún: ¡un altercado con los Estados Unidos! Por supuesto, y como la cultura del chisme no llegó de un día para el otro a ser parte de la historia, al ser la ciudad de Puebla el centro del huracán, en esos días todo mundo andaba por ahí creando rumores y trascendidos de todo tipo y alcance sobre el tema.
Se rumoreó, aunque sólo quedó justamente en eso, en un rumor, que los obregonistas de Puebla habían secuestrado a Jenkins para demostrar que los carranzistas no podían manejar a un puñado de bandoleros y, mucho menos, darle el trato adecuado a los capitalistas gringos, españoles y franceses que llegaban a la ciudad de Puebla para poner fábricas de telas y hacer el “sueño americano” pero en México. En fin, para no hacer de un cuento corto uno largo, durante esos días de mediados de octubre de 1919 se dijo de todo en Puebla, pero nadie sabía nada de lo que hablaba: con lo cual, los chismes en masa se hicieron presentes por primera vez en la historia poblana del siglo XX.
Por ejemplo, en una tertulia de socios del Casino Español que no simpatizaban con Mister William, se afirmó que lo del secuestro era una artimaña de los Jenkins para juntar dinero a fines de no quedarse en la banca rota. Otros, pero en un bar cercano a la Universidad de Puebla, decían que se trataba de una engatusada más del gobernador Cabrera para cobrarse una eterna bronca familiar con su hermano el licenciado Luís Cabrera, que por entonces era el favorito entre los favoritos de Carranza para quedarse con la presidencia el año entrante y no pelaba a su hermano menor. Pero como los estudiantes eran degradados a revoltosos y más de una vez les dieron sus palazos por andar chismeando o conspirando, según algunos, una vez frente a la universidad contra el gobernador electo, nadie les hacía caso. En fin, tanto se analizó en las mesas de las cantinas y salones del centro de la ciudad, que el cúmulo de rumores sobre el secuestro de Jenkins logró confundir la cronología de los eventos, los rostros de los personajes y los parámetros para poder establecer qué evento vino primero y cuál llegó después. Invariablemente, se desvanecieron las pautas temporales para poder establecer quién podría haber sido culpable del rapto de William Jenkins, muchos menos dilucidar el por qué o el cómo.
Más allá de las razones del secuestro, los hechos históricos y los días que Mary Street buscó a como de lugar pagar lo menos posible para liberar a su esposo, cuando las explicaciones y suposiciones póstumas al evento empezaron a florecer en La Pasita, otrora El Gallo de Oro, tenía que aparecer la historia contrafáctica, a través de una moneda de 1915, para preguntarse que hubiese pasado si, por ejemplo, esa tarde Marcelino hubiese llegado a la casona de los Jenkins para trabajar. Tal vez no hubiese dejado a los perros atados lejos del jardín principal, las luces de la entrada apagadas, las velas en la gaveta y el portón de la casa abierto de par en par; si Marcelino hubiese llegado, seguramente que alguien hubiese sido testigo de los eventos, visto a sus participantes y contar exactamente qué pasó.
Si al menos alguien hubiese sido testigo... Pero Marcelino no llegó y nadie vio ni hizo nada. Evidentemente que la historia hubiese sido otra si alguien hubiese estado haciendo su trabajo en la garita de la puerta de la casa de los Jenkins. Se hubiese podido frenar el alud de rumores y suposiciones de todo tipo que se crearon alrededor del secuestro de William Jenkins, los cuales fueron el punta pié inicial de una cultura típica basada en el chisme y en la historia de café, la cual se acuarteló en Puebla desde aquel momento.
Obviamente, nada de esto puede ser verdad, ya que la regla número uno de los cuentos contrafácticos es que la historia hubiese sido verdadera si… algo que no ocurrió hubiese pasado. Entonces, si una moneda antigua no pudiera hablar o si Marcelino hubiese llegado a chambear a la casa de Jenkins, la historia en Puebla sería otra. Pero no lo fue. ¿O sí?